LA INVERSION DE LO OBSENO, EL LENTE DE JOEL-PETER WITKIN

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Solo ciertos grupos de avanzada de la sociedad, como la cultura y el arte, empiezan a rechazar las convenciones iluministas desde la segunda mitad del siglo 20. Intelectuales, artistas, poetas, renegaron vivir inmersos en la irreversible somnolencia de la razón práctica. Movimientos como el Futurismo en Italia, el Surrealismo en Francia, la generación beatnick en Estados Unidos, son ejemplos del autoexilio del mainstream reinante, representando una apreciación intelectual de ciertas “monstruosidades” en el mundo. Por supuesto, porque después de todo el monstruo es encantador; “Aníbal el caníbal” primero seduce a su presa, luego las devora. El mito de ciertos personajes suele basarse en alguna especie de degeneración salida de los desechos industriales.

 

Es por esto que muchos actores los reconocemos como “bellos y malditos”. Con el síndrome de stockholmo la atrocidad logra su aura, que en términos warholianos se traduce en sus 15 minutos de fama. La pintura, el cine, la poesía, el arte como paradigma empieza a cohabitar con las deformaciones de la modernidad, se completa la inversión valórica: lo artístico se trasviste, lo que era feo, ahora es bello. Las atrocidades y las guerras perpetuadas en la primera mitad del siglo 20 rasgaron el velo de inocencia del “progreso ilimitado”; malestar que queda claramente evidenciado en el arte de posguerra para luego explotar con fuerza después de los cincuenta.

 

En fotografía, que se impuso a si misma como fenómeno de masa en esos años gracias a la proliferación en serie de revistas ilustradas, la cultura de la no estética persistió hasta bien entrado los años del Pop Art. Aparte de algún reportaje bélico o alguna medico-científica fotografía de investigación, aparentemente existió un persistente intento de esconder todo lo que no se conduciera con la normalidad concensuada. La internacionalista cultura de masas instigaba a las compañías multinacionales por imponer este status quo; con su vasto presupuesto para publicitar y vender mercancías, ellos neutralizaban estas manifestaciones sociales.

 

 Las editoriales y anunciadores implantaron políticas censuradoras de imprenta que hacían en la práctica imposible ahondar en tópicos controversiales. Pero la vertiente no decantó en el estancamiento, sino que lenta pero persistentemente comenzó a relucir en la superficie artística. Fenómenos, transexuales, nudistas, prostitutas, enanos y personas con síndromes de deficiencia empezaron a acaparar las miradas. Una variada gama de autores comenzó a profundizar en estas temáticas y exponerlas a través del papel fotográfico. La mayor parte de los últimos siglos estuvo marcada por la investigación científica y su aplicación tecnológica en orden de dominar la naturaleza. Ahora la cosa es distinta, es otro el enfoque. El hombre y su cuerpo.

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Y es ese exactamente el cuerpo el que literalmente rodó frente Joel-Peter Witkin cuando  solo tenía seis años de edad. Este aprendizaje de la experiencia fue dramático pero lucido, inspirador. Esto sucedió mientras se encontraba en la calle, en un choque de tres autos, donde la cabeza decapitada de una pequeña niña rodó hasta lo pies de Witkin. Los títulos de los trabajos de Witkin son por si mismo decidores: Hombre sin cabeza, Atrocité, Gemelos Siameses, Retrato de un enano… todos ellos emblemáticos. A pesar de cierta crudeza, bastante explicita en ciertos casos, sus imágenes han entablado un vínculo con el público, su trabajo es presentado en gigantescos museos alrededor del globo. Coleccionistas y críticos no cesan de agasajarlo con elogios.

 

 

Witkin golpea a la muerte mirándola directamente a los ojos. A través de sus imágenes nos hace sentir la pérdida, con nuestra vulnerable naturaleza de ser humano, tanto en carne como espíritu. No hace falta un estudio muy profundo de su obra para entrever como su contexto lo determina transversalmente. Sus imágenes son generadas por la crisis, la del proyecto occidental de la razón, que una vez venida abajo, deviene en miedo, tanto político como social, una crisis que permea toda la cosmovisión desmoronada en si misma.

 

 Witkin no hace una mera deformación de la imagen, sino una suerte de transferencia del terror, de la ansiedad, de las conductas atávicas, en un intento casi mitológico de dibujar en hechizos antiguos, creencias, leyendas. Su método no es para resistir fríamente la muerte y la descomposición, sino que, mostrando el cuerpo torturado y desecho, simboliza la metáfora de la absorción espiritual que es el proceso de la muerte, lo enseña para flexibilizarlo, para enseñarlo asequible, es el abrazar la muerte que se salva.

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En una sociedad que continuamente oculta su lado oscuro, que mantiene en una nebulosa su esencia violenta. Se agradece este trabajo del “otro lado”. Para Witkin el proceso de negación de la cosmovisión es fundamental para el imaginario de su trabajo, una regeneración de lo anormal a través de su lente. En su lucidez, podemos entonces constatar que solo la continuación de este proceso de negación seguirá generando las represiones y obsesiones patológicas, la génesis de las fobias. Su trabajo más que  fotografía, es de corte pictórica, su producto nos habla como un cuadro lo haría. Un artista en todo el sentido de la palabra

~ por popmortem en 23 abril 2009.

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