La pérdida de un poder muy antiguo

jajajaEs sabido el impacto que puede tener una fotografía en una sociedad. Los medios impresos se han encargado de enseñarnos esa importancia, especialmente en situaciones de tensiones sociopolíticas, guerras, dictaduras, desastres naturales. La fotografía de muerte es uno de los géneros más directamente asociados con esta realidad. Especialmente en situaciones de gran envergadura, una imagen puede valer más que todas las palabras. Hasta la segunda guerra mundial los medios impresos no escatimaban en hacer uso de todo su poder y el impacto que podían generar estas imágenes.

Hoy, sin embargo, es muy difícil, casi imposible encontrar un cadáver en colores en las páginas de un periódico. Esto responde al hecho de que luego del holocausto antisemita, una gran cantidad de fotografías que mostraban los horrores que el régimen nazi dejó en los cuerpos de los judíos, los campos de concentración, las pilas de cadáveres que esperaban desnudos para ser quemados en una hoguera industrial, los mutilados en batallas… en fin, una cantidad enorme de material visual comenzóa  circular, y durante varios años, muchas veces usados como evidencia en los juicios contra los generales alemanes, y luego en muchas otras guerras.

 

La guerra de la tinta

A fines de la década de 1940 ya quedaban muy pocos lugares, prácticamente ninguno, donde no se hubieran presenciado estas imágenes. Hoy, esto nos parecería atroz, o imposible. Mientras escribimos este documento, presos de guerra en Irak son torturados e incluso asesinados. Poblaciones de todo el mundo están siendo atacadas por narcotraficantes, niños son golpeados hasta la muerte; el fin de la vida ocurre simultáneamente en miles de lugares y momentos, pero entonces, ¿por qué no tenemos fotografías de todo esto, por qué las guerras actuales son menos documentadas gráficamente que las de antaño?

 

Fue tal el impacto de las imágenes post segunda guerra mundial que algo sucedió, algo en el mundo hizo clic y dijo “ya no más, esto tiene que detenerse”. Bueno pues; ojos que no ven, corazón que no siente. O lo que es igual, obturador que no capta, juzgado que no condena. Los gobiernos comenzaron a tomar en cuenta el poder de las imágenes y decidieron evitar esta propagación desdeñosa. Los ejércitos contemporáneos son muy cuidadosos respecto de a qué medios le dan sus entrevistas, qué pueden ver, y qué no. Saben bien que si se captura una imagen inculpadora, adiós financiamiento militar, adiós aprobación popular, adiós desfile triunfante por las avenidas de la capital.

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La guerra ideológica de mediados de siglo que buscaba enaltecer los derechos humanos se agarró de la tinta en sus páginas para mostrar las atrocidades, y hoy, como consecuencia, los medios tienen un gran veto a esto. Nadie quiere comprar un diario en cuya página central vamos a ver un torso agujereado por balas o cuchillos. No, gracias, queremos ver lo que realmente importa, los dibujos de Gay que parodian a Piñera y Frei, las últimas visitas al LucasBar del subprefecto de la policía de investigaciones.

¿Quién mierda va a gastar quinientos pesos para ver cadáveres de Centroamérica, devastados poblados en Sudáfrica, accidentes automovilísticos en la ruta 5-sur?

Recuerdo cuando era niño y el Mercurio no le hacía asco a mostrar el pavimento enrojecido por un choque a alta velocidad, o mostrar los cadáveres víctimas de un robo a mano armada, o cualquier otro nombre ridículo que los periódicos le ponen al espectáculo mortífero. ¿Qué llegó a pasar que ya nadie muestra esto?

 

Ningún medio va a mostrar algo que no será aceptado, y ya nadie acepta la muerte. Estamos anestesiados contra la muerte, ya no nos toca. Hemos visto tanta muerte, tanta guerra que ya no importa. Nuestro país sufrió un genocidio sistemático y meticuloso durante más de quince años; no nos hablen de desconocer la muerte. Una burbuja irrisoriamente gruesa y opaca sería necesaria para haber crecido en este país en los últimos 30 años sin saber de esto, y nos vemos convertidos hoy en figuras indemnes, anónimas, indiferentes. Es que ya vimos mucho. Aprovechemos nuestro tiempo en otras cosas, dediquemos a nuestros ojos la revisión de otros documentos, otras imágenes, otros formatos, otras ideas, otro, otro, otro, lo que se,a en verdad ya nadie quiere ver muertos de papel.

 

Un eufemismo visual

Existe en las políticas editoriales de hoy en día un acuerdo tácito conjunto, una colusión de no ensuciar sus páginas con rojo sangre. Así como los periodistas somos expertos en buscar eufemismos para no decir las cosas, también los medios tienen un eufemismo gráfico para las muertes. Han retornado al nivel de semiosis donde basta con representar los decesos para mantener las manos a la distancia libre de salpicaduras.

 

La única manera de ver hoy un cadáver es en un contexto que lo re-signifique; una obra de arte, una exposición, el último acto rupturista de ese artista conceptual tan aclamado en otros días, pero de muerte muerte, nada.

 

No es como que vayamos todos al kiosco para satisfacer nuestra morbosidad, pero, ¿qué ha pasado con la muerte que nos hace sentir tan culpables al mirarla?

¿Por qué tenemos que bancarnos todas las otras imágenes y no podemos ver un cadáver; Es que acaso nosotros lo matamos?

¿A tal punto llega la culpabilidad de nuestra sociedad que debemos tomar responsabilidad por todas las muertes que acontecen en nuestra vigilia?

 

Está bien; seamos hermanos, compartamos un sueño, un sistema económico, una manera de anclar las ideas, un idioma, una bandera, compartamos todo y cuando tengamos que promocionar nuestro proyecto, ¡ALZEMOS LAS VOCES!, pero cuidado con lo que muestras, si llegas a mostrar un cadáver, nos caemos todos al mismo hoyo, estamos todos amarrados a la misma cuerda, no tientes demasiado al resto con la sangre, porque les encanta, y una vez que empieces no va a haber un modo de parar.

 

La imagen de la muerte es un poder muy antiguo, lo usaban los reyes, los curas, los médicos, las figuras mitológicas, los dictadores. Cabezas de mongoles clavadas en picas en lo alto de una colina eran significado de no entrar, algo malo te va a pasar. No por nada el espantapájaros imita un cadáver, pero hoy, este poder está desvaneciendo lentamente. Está guardado, como arma secreta, tal vez, por parte de los grandes medios, y cuando sea necesario lo volveremos a usar, cuando nuestra anestesia deje de surtir efecto, o cuando decidamos enfrentar la realidad mortal en que nos encontramos. Sí, hay una muerte, un fin a nuestros días, y no es un descanso pacífico y romántico como pensaban los maricones idealistas de hace doscientos años, es una cuestión sangrienta y fea. Da asco verla, y aún así, es necesario, porque todos compartimos la misma condición, sin importar dónde esté nuestra figurilla en el esquema que hemos hecho del mundo. Todos morimos igual; muertos.

~ por popmortem en 23 abril 2009.

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