Luis Cisterna, Fotógrafo de Curanilahue:“La gente ya no paga por sus fotos, menos por la de sus muertos”

El sur de Chile es un lugar muy ambiguo. Desde santiago, cualquier pueblo más allá de Rancagua suena a sur, pero lo cierto es que ese sector, “el sur”, es el hogar de muchos pueblos y tradiciones antiguas.

Dos horas al sur de Concepción, entre los cerros carcomidos por las empresas forestales y los mares concesionados a las pesqueras hay un grupo de poblados que luchan por progresar, o lo que es lo mismo; moribundos.

 

Curanilahue es uno de esos pueblos, que junto a Los Alamos, Llico, Tubul y otras provincias más irreales se encuentran perdidas en una bruma sin tiempo, donde coexisten las más antiguas tradiciones con los últimos rasgos del mundo moderno. Alabar viejas fotos de niños muertos, llevarle el “humor” a las machis para detectar enfermedades, usar la última tecnología para talar pinos y extraer peces del océano, todo habita mutuamente sin tener una clara relación ni una funcionalidad adecuada.

 

La explicación más sencilla es que todos estos pueblos fueron grandes proyectos alguna vez y luego se abandonaron, alguien vino con un computador, alguien lo robó, alguien trajo un auto, alguien arregló su carreta, alguien compro una Lumix para el matrimonio de la niña María, alguien llamó al fotógrafo antiguo para la primera comunión del hijo.

 

Luis Cisterna Quilaqueo, o el “Kilo y medio” como le conocen -apodo extraño, pues nada en su rostro se asemeja a uno, uno y medio, o ningún kilo- es quizás el último fotógrafo de Curanilahue que aún trabaja de modo análogo, aunque tuvo que cerrar su laboratorio hace más de una década con la llegada de la primera -y última- casa fotográfica al pueblo. Hoy sigue como hace tantos años recorriendo las calles en su bicicleta con su cámara en la parrilla y su cabeza canosa bajo la boina negra.

 

Aunque su traza mapuche lo hace mantenerse inmune al envejecimiento, salvo un par de canas y arrugas en los ojos, Luis Cisterna debe bordear los sesenta años. Se ve hoy exactamente igual, sino más aún, que hace quince o veinte años. Ya en ese entonces tenía canas en las patillas, boina negra, una obligatoria y brillante casaca de cuero negra y una sonrisa invariable, de la que se valía para montar niños en su caballito embalsamado y tomarles fotos con la polaroid. Por supuesto que esta práctica duró poco, pues las fotos eran de muy mala calidad y al cabo de un par de años se convertían en un vestigio amarillento.

 

Lo más común entre mediados de los ochenta y fines de los noventa era verlo en su bicicleta asistiendo a eventos municipales, graduaciones, torneos de básquetbol, y actos en la plaza. Ahí, hasta hoy, aunque con mucho menos éxito, don Luis extiende una sonrisa, una foto mal balanceada y una mano pidiendo la paga digna -nunca fue barato, pero el hombre tenía que comer.

 

 

-¿Por qué se hizo fotógrafo?

-Por necesidad, la verdad. Cuando se cerraron las minas yo tenía un problema en la espalda como para seguir en los pirquenes y mi tío tenía una cámara con la que me dejaba jugar cuando chico, así que se la compré, me enseñó a revelar, aunque nunca me gustó mucho, muy hediondo -hace un gesto de desaprobación- y así nomás empecé.

 

-¿Pero eso fue en los ochenta, cierto? Ya había fotógrafos en esa época.

-No, o sea, había un caballero de Lota que venía a veces en los veranos, pero un fotógrafo así estable ya no había. Con el Golpe la gente ya no se sacaba fotos, les daba miedo porque decían que los podían acusar de algo. Todos andaban como con miedo hasta de las cámaras entonces. El único que también sacaba fotos por plata era un profesor de inglés, uno alto con cara de muerto. Pero se retiró cuando yo empecé a usar el trípode porque la gente me veía como más profesional. Esto era ahí en 1993 más o menos.

 

-Hoy casi nadie se sigue sacando fotos como antes. ¿Sigue siendo un trabajo rentable o se convirtió más bien una especie “amor al arte”?

-Hubo un tiempo en que me iba bien y ahí me hice buena plata, pero de eso ya no me queda nada, porque tenía que cobrar caro y cuando llegó la Casa Orellana ellos mismos revelaban así que yo esa pega ya no la pude seguir haciendo. Antes lo que hacía era tomar las fotos y las llevaba a Concepción para traerlas. Las fotos a blanco y negro las hacía yo mismo, pero eso a poca gente le gustaban porque decían que era como de pobre, y la verdad es que hay que tener un laboratorio mejor que el que tengo. Ahora la verdad es que me alcanza lo justo nomás, y tengo que hacer otras peguitas de repente, así que de amor tiene harto. No sé sea un arte, nunca me he creído mucho el artista, yo pienso siempre que esto es más como un peluquero, o un abogado: Tiene que haber uno en cada lugar porque es esencial para las personas, en todos lados hay uno, es como la viuda del pueblo.

 

-Las fotografías que ha tomado durante estos años registran un pedazo de la historia de Curanilahue, de las personas más que de la ciudad misma. ¿Nunca ha pensado en hacer alguna especie de tarea recopilatoria de estos años, de dejar alguna evidencia o un memorial?

-Hace harto tiempo vino un profesor de historia de concepción que me dijo lo mismo, que quería hacer un libro, así que lo llevé a mi casa y le mostré mis fotos. No le gustaron, dijo que eran muy simples. Mira, ¿quieres saber la verdad? Todos esos libros, yo tengo hartos que me regalan o me compro cuando voy a Conce, y las fotos son bonitas y todos. Incluso en un tiempo me puse a hacer fotos de las casas viejas, las minas cerradas, las calles… tengo hartas bien bonitas, pero la verdad es que todas las fotos de esos libros no son verdaderas. No son originales, son todas iguales, fotos de lugares, fotos en blanco y negro con harto contraste y bien granuladas, pero a mí se me hacen muy parecidas. La gente de Curanilahue, la gente de Arauco, de Cañete, son personas distintas, ellos tienen otra visión de las cosas, les guista tener las fotos de sus hijos, sus nietos, no sus casas y los hoyos de la calle. Nadie va a pagar por eso, y tampoco tengo tanta visión artista para sacar esas fotos. Me gustan las fotos del campo, de la gente del campo, pero no voy a sacar fotos de mentira para ponerlas en un libro.

 

-¿Qué tradición antigua de foto se ha perdido? ¿Alguna vez le tocó sacarle fotos a un muerto, o a un funeral, como se sacaban antes, cuando se maquillaban a los muertos incluso?

-A mí personalmente nunca me tocó sacarle fotos a un finado, aunque si hice varios angelitos para gente de los cerros principalmente. Es que esa tradición como que se ha perdido, la gente ahora con las cámaras digitales ya no paga por sacarse fotos, menos va a gastar en sacarle a los muertos. Es que también ya no se hace, como que le da vergüenza, o miedo, yo no sé la verdad.

Cuando yo era chico se usaba harto eso, se le sacaban fotos a los muertos en las puertas de las casas, me acuerdo yo. A mi abuelo le sacaron una así donde tenía los cachetes rosados, pero yo nunca hice una de esas. De funerales si he sacado hartas, aunque cada vez menos. Cuando murió don Fermín -F. Fierro, alcalde en 3 ocasiones que falleció a sus setenta y tantos años en un funeral muy acontecido- harta gente le sacó fotos, los del diario Renacer, unos cabros jóvenes, yo también saqué de la gente subiendo al cementerio y de la misa, pero casi nadie sigue con esas fotos. Para eso hay que ir más al sur, al campo, donde la gente todavía hace eso.

 

-Las fotos de ahora, considerando las digitales, la pérdida de la foto análoga y los cambios de soportes, ¿son igual de importantes que las que se sacaban antes?

-Las fotos nunca son de ahora, no son de nada hasta que pasa harto tiempo y ahí sí son fotos. Eso de la cámara digital, que el celular, está bien y todo, pero yo creo que la foto análoga sigue siendo más importante, porque el papel es como tener el momento, a la persona, ahí mismo. La foto análoga va a volver, pero va a pasar harto tiempo antes de que eso pase.

 

 

~ por popmortem en 23 abril 2009.

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